—Por favor, señoritas, acompáñenme. —la joven que había hecho la ceremonia del té se irguió de inmediato, haciendo un gesto de invitación. Evidentemente ya había previsto que Silvina reaccionaría de esa manera.
Silvina dejó la taza sobre la mesa y siguió a la muchacha fuera de aquella sala.
Atravesaron un pasillo y doblaron hasta llegar a otra habitación.
Afuera, había varias mujeres vestidas con ropas bordadas de manera elaborada.
Al ver a Silvina y sus acompañantes, se inclinaron respetuosame