Mundo ficciónIniciar sesiónLas lágrimas comenzaron a rodar por su rostro. Se dejó caer en un rincón, abrazando sus rodillas, llorando en silencio. No le importó que el hombre la observara con una expresión complicada desde el otro lado del cuarto.
Leonel guardó el móvil con expresión fría. No sabía exactamente qué papel jugaba esa mujer en todo esto, pero estaba claro que no había venido a "acompañarlo" por voluntad propia. Si Rosa la había enviado, había algo raro detrás. Y si no... entonces el asunto era aún más delicado.
Pero no importaba quién fuera ni por qué estaba allí. Lo que había ocurrido esa noche no podía salir de esas cuatro paredes.
Sin decir una palabra, fue hasta su chaqueta, sacó un talonario de cheques, y escribió rápidamente una cifra. Arrancó la hoja con firmeza.
Con esta cantidad, debería bastar para comprar su silencio.
—¡Toc, toc, toc...!
En ese momento, llamaron a la puerta.
—Señor Leonel, buenos días. Soy del servicio al cliente del hotel, le traigo el desayuno.
Leonel frunció el ceño. Dejó el cheque sobre la cama y se dirigió a abrir la puerta.
El desayuno era abundante y bien presentado. Leonel echó un vistazo hacia la mujer acurrucada en el rincón y dijo con voz calmada:
—Ven a comer algo primero.
Pero ella seguía llorando, sin moverse.
Leonel no insistió. Se sentó a la mesa y comenzó a desayunar con total tranquilidad, mientras hablaba:
—Sobre lo de anoche... Te daré una explicación. Te ofrezco cinco millones de dólares. Lo único que te pido es que nunca hables de esto con nadie.
En ese instante, Silvina levantó la cabeza de golpe, mirándolo completamente atónita.
¿Cinco millones de dólares?
¿Acaso ese hombre pensaba que ella era una prostituta?
Él... ¿acaso había echado a Wilson de la habitación, se metió allí y luego abusó de ella?
¿Y ahora, como si no fuera suficiente, encima le ofrecía dinero para humillarla?
Cuanto más lo pensaba, más indignación sentía. Aunque la hubieran forzado... aunque realmente hubiera perdido su virginidad, jamás aceptaría ese dinero.
—No te preocupes. No se lo diré a nadie —dijo con voz fría.
Por supuesto que no lo diría.
¿Cómo podría hacerlo?
Sin agregar más, recogió su ropa esparcida por el suelo y se metió al baño.
Frente al espejo, vio su reflejo: el cabello enmarañado, los ojos hinchados y rojos. Parecía completamente destrozada. Jamás pensó que las cosas terminarían así.
Cuando salió del baño, Leonel seguía desayunando con elegancia, como si su marcha no tuviera la menor importancia.
El cheque seguía allí, abandonado sobre la cama, como una burla muda.
Apenas salió del hotel, el teléfono de Silvina vibró.
Un mensaje de Wilson.
"Silvina, anoche te esperé todo el tiempo en la habitación, pero no llegaste.
¿Tuviste algún contratiempo? No pasa nada, seguiré esperando.
Estoy a punto de embarcar, y cuando regrese, te llevaré un regalo.
Te quiere, Wilson."
Silvina se quedó helada.
¿Él estuvo en la habitación? ¿Qué decía? ¡Si nunca estuvo allí!
¿Entonces qué había pasado?
¿Rosa le dio la tarjeta equivocada?
No, eso era imposible... Rosa jamás haría algo así.
¿O sí?
Guardó el teléfono lentamente. Afuera, el mundo seguía su curso, con coches y peatones cruzando por todas partes.
Pero ella, de pronto, sintió que estaba sola. Tristemente sola.
Tal vez... cuando Wilson volviera del extranjero, ya no serían los mismos.
Tal vez... esto ya había terminado.
El pensamiento de una posible ruptura con Wilson le atravesó el corazón como una lanza. Le dolió tanto, que su cuerpo comenzó a temblar.
Todo esto... había pasado solo anoche.
¿Rosa... en verdad fuiste tú quien planeó todo esto?
Marcó el número de Rosa sin pensarlo. Al llevarse el teléfono al oído, lo único que escuchó fue esa voz mecánica tan familiar:
"El número marcado está apagado."
Fue entonces cuando Silvina se dio cuenta de que, inconscientemente, había intentado llamarla.
Pero nadie respondió.
Avanzaba por la calle sin rumbo, reviviendo cada recuerdo con Wilson.
El primer beso, las pequeñas promesas, la comida que le preparó con tanto cariño... y, sobre todo, la noche anterior, cuando creyó que entregarle lo más precioso de sí misma sería el comienzo de algo eterno.
Recordó cómo sus manos temblaban al desabrocharle la cremallera del pantalón, cómo el olor de su piel —mezcla de deseo y miedo— la envolvía por completo, cómo él la abrazaba con fuerza mientras sus manos recorrían su cuerpo. En aquella oscuridad, su respiración y la de él se confundían, y por un instante creyó que nada podría romper esa ilusión.
Ahora, cada imagen regresaba con una claridad insoportable, como una película cruelmente nítida, que se repetía una y otra vez en su mente, hasta dolerle el alma.
Ayer mismo bromeaban sobre cómo sería su boda.
Wilson le había jurado que, desde el extranjero, le escribiría todos los días por W******p, que la llamaría solo para oír su voz, que ella nunca se sentiría sola.
Y ahora...
todo eso se había convertido en un sueño imposible.
¿Cómo podía fingir que nada había pasado y seguir hablándole como siempre?
No. Ya no podía.
El amor que había llenado sus días se había roto de una manera tan cruel que apenas podía respirar.
La promesa de un futuro juntos se desvanecía frente a sus ojos como un reflejo sobre el agua: cuanto más intentaba alcanzarlo, más se alejaba.
No habría boda.
No habría hijos.
No habría mañana.
Solo el vacío.
Un silencio brutal dentro del pecho que la hacía sentir como si su corazón se estuviera desmoronando pedazo a pedazo.
Un chirrido de frenos desgarrador y el sonido agudo de un timbre de teléfono interrumpieron de golpe su espiral de pensamientos.
Silvina volvió bruscamente en sí... y se dio cuenta, horrorizada, de que estaba parada en medio de la calle.
Un coche había frenado justo delante de ella, tan cerca que...
por poco no la atropella.







