Leonel llamó enseguida a Silvina:
—¿Dónde estás? ¡Voy a recogerte!
—¿Recogerme? —Silvina se sorprendió—. ¿Por qué vienes por mí?
—Sí. Todavía no he comido nada. Acompáñame a cenar un poco —dijo Leonel, mientras conducía uno de los tres Lamborghini Gallardo que le habían traído por transporte aéreo. Era un modelo modificado, con el rendimiento llevado al límite.
El corazón de Silvina dio un pequeño salto. Aunque la razón le decía que no debía aceptar, su cuerpo ya había tomado la decisión por el