La expresión de Rosa de repente se volvió grotesca.
Un calor abrasador empezó a recorrerle el vientre.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué sentía que todo su cuerpo ardía como fuego?
El rostro de Wilson, a su lado, también se transformó de golpe. Giró bruscamente la cabeza y, con los ojos abiertos de par en par, miró a Rosa.
—¿Tú… me drogaste? —le espetó, incrédulo.
Silvina, sorprendida por el cambio repentino de ambos, retrocedió varios pasos. El chofer, que hacía las veces de guardaespaldas, se ade