Llegada la noche, se celebró la cena familiar de costumbre.
Silvina apareció con retraso.
En los ojos de Leonel brilló un destello de impaciencia.
Antes de que pudiera preguntar, Silvina habló por sí misma:
—Perdón, llegué tarde. Me sentí un poco mal y me quedé descansando en la habitación un momento.
Al oír que Silvina no se encontraba bien, la mirada de Leonel se posó rápidamente sobre ella.
Quiso preguntarle qué le pasaba, pero no pudo rebajarse a hacerlo; después de todo, el día anterior ha