Rosa buscó un lugar apartado y, de repente, se arrodilló ante Silvina.
—¿Tú… qué estás haciendo? —Silvina se asustó de inmediato y, por instinto, quiso levantarla.
—Silvina… —Rosa forzó dos lágrimas—. Sé que lo que te voy a pedir es demasiado. Pero, Silvina, de verdad no me queda mucho tiempo. Solo quiero no morir con un arrepentimiento más. ¡Leonel ha sido el gran amor de mi vida! Silvina, al fin y al cabo, yo ya estoy condenada a morir. ¿No podrías devolverme a Leonel, aunque sea por un mes?