Maldito seas, Taylor Remington Miller.
Entré en casa como una tormenta contenida, con los tacones afilados resonando sobre el mármol pulido como truenos ahogados. Toda la mansión parecía observarme: los candelabros, las paredes frías, los espejos que reflejaban demasiado. Todo en aquella perfección arquitectónica me sofocaba. Todo olía a imposición, a control, a decisiones que nunca fueron mías.
Y ahora... ahora él también.
Taylor.
El hombre que yo debería, por conveniencia y tradición, aceptar