El sol iluminaba los campos de la hacienda con una luz dorada y tibia, haciendo que las copas de los árboles parecieran pinceladas de oro contra el cielo azul. Subieron a los caballos con movimientos sincronizados, como dos cuerpos que ya conocían de memoria aquella rutina. El sonido rítmico de los cascos golpeando el suelo seco resonaba por el sendero de tierra, acompañado apenas por el canto ocasional de los pájaros al final de la tarde y el suave murmullo de las hojas de los eucaliptos alred