La cena transcurría con la pompa esperada de una noche entre dos familias poderosas. La mesa de madera clara, rectangular, con doce lugares, se extendía en el centro del salón principal del ala este de la mansión Montgomery, flanqueada por grandes ventanales de vidrio esmerilado que reflejaban la luz tibia de las lámparas de cristal. El ambiente era moderno, pero cargaba el peso de la vieja costumbre, del ritual, de la etiqueta, de la conveniencia disfrazada de celebración.
Isabella Montgomery,