Nadie toca la fotografía.
Permanece sobre la vieja mesa de madera como si todavía perteneciera a otra vida: mi madre, la madre de Alaric, Herrera, mi padre.
Cuatro personas sonriendo frente a un edificio abandonado que ahora se levanta a pocos metros de nosotros.
Durante años pensé que mi historia había comenzado el día en que Alaric me ofreció un contrato, ahora entiendo que empezó mucho antes, muchísimo antes.
Herrera deja escapar un suspiro, parece más viejo que hace unos minutos, más cansado