Epílogo.
Hay un silencio distinto cuando una guerra termina.
No es un silencio vacío. Tampoco se parece a la calma que precede a una tormenta, esa quietud engañosa que obliga a contener la respiración porque una parte de ti sabe que lo peor todavía está por llegar.
Es el silencio de quienes han sobrevivido demasiado tiempo.
El de las personas que despiertan una mañana y, por primera vez, no buscan un arma debajo de la almohada. El de quienes escuchan un automóvil detenerse frente a su casa y no sienten