El Hombre Detrás del Apellido.
Antes de que cualquiera pudiera reaccionar, una voz resonó detrás de nosotros.
—Bajen las armas.
No fue un grito.
Había una autoridad tan absoluta en aquellas tres palabras que, durante un instante, incluso el caos pareció detenerse. Los policías dejaron de dar órdenes. Los hombres apostados al otro lado del puente mantuvieron los dedos sobre los gatillos, pero ninguno volvió a disparar.
Todos giramos al mismo tiempo.
Mi respiración quedó atrapada en la garganta.
Maximilian Armand avanzaba entr