Control de Daños.
La universidad siempre tuvo un sonido propio, una especie de murmullo constante que no pertenecía a nadie en particular, pero que sostenía la ilusión de normalidad: pasos apresurados, conversaciones superpuestas, puertas que se abrían y cerraban sin que nadie les prestara atención.
Era un ruido orgánico, caótico, incluso reconfortante en su imprevisibilidad. Hoy, en cambio, ese sonido se reorganiza en cuanto cruzo la entrada principal, como si mi presencia activara un patrón distinto, una redis