El vehículo negro se detuvo frente a un portón de hierro imponente. Dos figuras uniformadas lo abrieron de inmediato, inclinando ligeramente la cabeza al ver quién se encontraba dentro. Catalina sintió un escalofrío recorrerle la espalda al ver el tamaño de la propiedad.
La mansión Fort se alzaba en medio de una extensa arboleda, envuelta por muros de piedra gris y una atmósfera que, más que elegancia, desprendía poder… y miedo.
El coche avanzó lentamente por el camino de entrada. A ambos lados, fuentes y jardines perfectamente cuidados daban la ilusión de un lugar majestuoso, pero Catalina lo sintió distinto: frío, distante, como si todo lo que allí existía estuviera sometido a la voluntad de un solo hombre.
El cielo nublado de Madrid proyectaba una luz pálida sobre la fachada. Era una estructura moderna con detalles clásicos, ventanales altos y una puerta doble de madera oscura que parecía más una barrera que una entrada.
Catalina tragó saliva. Apretó entre sus dedos la tela de su