La noche había caído sobre la Villa Fort con un silencio denso, apenas interrumpido por el sonido del viento que rozaba los ventanales. Axel había terminado de cenar solo. Marie, mientras retiraba la mesa, le informó con un tono de preocupación leve:
—Señor… la señora Catalina aún no regresa.
Axel dejó los cubiertos sobre la mesa con un golpe seco. La mandíbula se le marcó con fuerza.
—¿A qué hora salió?
—A media tarde, señor. Dijo que volvería pronto.
Axel no respondió. No era necesario. Marie vio la sombra de irritación cruzar el rostro del hombre y decidió callar. Él se levantó sin decir una sola palabra, subió las escaleras con pasos tensos y se encerró en la habitación principal.
Esperar.
Odiaba esperar.
Y odiaba aún más admitir que la ausencia de Catalina lo mantenía inquieto.
Una hora pasó, larga, silenciosa, insoportable.
Axel se encontraba sentado en el sillón junto a la ventana, con los codos apoyados en las rodillas, los dedos entrelazados y los ojos grises tensos,