La noche había caído sobre la Villa Fort con un silencio denso, apenas interrumpido por el sonido del viento que rozaba los ventanales. Axel había terminado de cenar solo. Marie, mientras retiraba la mesa, le informó con un tono de preocupación leve:
—Señor… la señora Catalina aún no regresa.
Axel dejó los cubiertos sobre la mesa con un golpe seco. La mandíbula se le marcó con fuerza.
—¿A qué hora salió?
—A media tarde, señor. Dijo que volvería pronto.
Axel no respondió. No era necesario.