SESENTA Y OCHO

La habitación estaba sumida en una penumbra espesa, apenas iluminada por la tenue luz nocturna que se filtraba entre las cortinas. Axel permaneció inmóvil por unos segundos, respirando con fuerza, sintiendo aún el calor del cuerpo de Catalina bajo sus manos. El silencio que los envolvió no fue un silencio cualquiera: era uno cargado, pesado, casi insoportable. Uno que gritaba lo que ninguno de los dos sabía cómo decir.

Axel se apartó lentamente de ella, su respiración irregular se fue estabilizando mientras se incorporaba. Catalina quedó quieta, con la respiración entrecortada, sus mejillas encendidas como fuego vivo. La manta resbaló ligeramente, dejando visible parte de su piel desnuda. Axel no apartó la mirada; algo se detuvo en él, algo que no conocía. Algo que lo inquietó.

Catalina sintió ese peso sobre ella y tragó saliva, sin esconder su rubor. No tenía razones para avergonzarse. Lo que había sucedido… había sido decisión de ambos. Consciente. Fuerte. Innegable.

—¿Estás arre
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