El tiempo se estaba agotando.
Axel lo sabía.
No porque alguien se lo dijera.
No porque hubiera una prueba concreta frente a él.
Sino porque lo sentía.
Y esa sensación… era peor que cualquier evidencia.
Frente a él, decenas de pantallas brillaban sin descanso. Mapas digitales, líneas de conexión, nombres, rostros, rutas, historiales. Todo se movía con precisión quirúrgica, como un organismo vivo que respiraba datos.
Pero no importaba cuánta información tuviera.
Ninguna lo llevaba a ella.