Sofía ya estaba de regreso en Barcelona. El departamento de Catalina, que hace horas parecía más cálido con su amiga ahora volvía a ese silencio demasiado familiar. Y con el silencio, como un huésped ingrato, volvía también el dolor.
Catalina se quitó el vendaje para evaluar la quemadura. La piel seguía enrojecida, sensible, como si aún conservara el recuerdo del fuego. Durante la visita de Sofía casi no había molestado, quizás por la distracción, o quizás porque su amiga irradiaba la suficient