Sofía ya estaba de regreso en Barcelona. El departamento de Catalina, que hace horas parecía más cálido con su amiga ahora volvía a ese silencio demasiado familiar. Y con el silencio, como un huésped ingrato, volvía también el dolor.
Catalina se quitó el vendaje para evaluar la quemadura. La piel seguía enrojecida, sensible, como si aún conservara el recuerdo del fuego. Durante la visita de Sofía casi no había molestado, quizás por la distracción, o quizás porque su amiga irradiaba la suficiente fuerza como para espantar hasta las dolencias físicas. Pero sola… sola todo dolía más.
Suspiró profundamente. No podía faltar otra vez, ayer ya lo hizo, pero no podía ser constante.
—Perfecto… a enfrentar otro día como adulta funcional —murmuró con ironía — Casada con un hombre tirano.
Se arregló con cuidado. Un pantalón negro que estilizada su figura, una camisa blanca que le daba un aire formal y pulcro, y unos tacones que, aunque los detestaba para caminar por las interminables facultades,