CUARENTA Y CINCO

Axel empujó la puerta de la habitación con la suavidad de quien no quería perturbar más de lo estrictamente necesario, pero el sonido apenas cruzó el umbral cuando lo vio. Catalina estaba acurrucada en la cama, el rostro pálido, los ojos entrecerrados por el dolor; una mano, vendada por la quemadura, apretaba como si el simple contacto le arañara las entrañas. La otra mano se aferraba a la manta como si fuera un ancla.

Por un segundo quedó inmóvil, observándola. La luz de la lámpara proyectaba
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