Axel empujó la puerta de la habitación con la suavidad de quien no quería perturbar más de lo estrictamente necesario, pero el sonido apenas cruzó el umbral cuando lo vio. Catalina estaba acurrucada en la cama, el rostro pálido, los ojos entrecerrados por el dolor; una mano, vendada por la quemadura, apretaba como si el simple contacto le arañara las entrañas. La otra mano se aferraba a la manta como si fuera un ancla.
Por un segundo quedó inmóvil, observándola. La luz de la lámpara proyectaba sombras que marcaban con crudeza cada rasgo del cansancio en su cara. Había algo profundamente indefenso en ella en ese instante, algo que no encajaba con la ferocidad que tantas veces mostraba. Axel sintió el golpe de la realidad con una fuerza que no esperaba: su esposa, su mujer por contrato, estaba sufriendo de manera casi infantil por algo tan humano.
—¿Qué ocurre? —preguntó con voz contenida, segura, pero con una nota de inquietud que no solía aparecer en público.
Catalina se mordió los l