La noche era oscura y densa, con un aire pesado que presagiaba el derramamiento de sangre.
Dante se paró frente a sus hombres, su rostro serio y determinado, mientras el sonido de las olas golpeando el muelle se mezclaba con el murmullo de los motores encendidos. Miró a cada uno de ellos antes de dar la orden.
—Suban a las camionetas. No quiero errores esta noche. Si alguien se interpone en nuestro camino, lo matan. Sin excepciones —dijo Dante con voz firme.
Los hombres asintieron sin dudar