Mientras tanto, en su celda, Dante estaba sentado contra la pared, con el rostro manchado de sudor y la camisa aún abierta por la fuerza con la que lo habían empujado horas antes. No era un prisionero ordinario. Lo sabían. Y eso lo convertía en un trofeo para algunos oficiales.
La puerta se abrió de golpe.
Dos policías entraron. Uno de ellos sonreía con satisfacción venenosa.
—Don Dante —dijo el oficial—. Por fin lo tenemos. El jefe más grande de toda Italia. ¿Qué se siente al caer en una tramp