Fiorella abrió los ojos de golpe. La luz que colgaba del techo la cegó por un instante.
Estaba atada de pies y manos, una delgada sonda clavada en su brazo, conectada a una bolsa de suero que goteaba lentamente. Su cuerpo sudaba frío. Intentó moverse, pero las correas la mantenían inmóvil.
Frente a ella, sentado en una silla con la pierna cruzada, estaba Dante.
—Despierta, bella durmiente —murmuró con una sonrisa torcida—. El suero ya debe estar haciendo efecto. No te preocupes, es un simple r