141. La Musa Rota
CAMILA
Barcelona huele a sal y a promesas que no me interesan.
Llevo dos semanas aquí. Catorce días de fingir que soy funcional. Me levanto, me ducho, me pongo mi armadura de oficina —ahora más relajada, más "mediterránea"— y salgo a la calle. Todo el mundo me dice que tengo suerte. Que el Eixample es precioso, que la luz de esta ciudad cura el alma.
Mienten. La luz aquí es un insulto. Es demasiado brillante, demasiado alegre. Choca contra mi miseria interna y la resalta, como un reflector apunt