82. La Búsqueda Desesperada
El insomnio se había convertido en mi nuevo estado natural. Llevaba veinticuatro horas sin dormir, navegando por Madrid como un fantasma obsesionado, persiguiendo pistas que se desvanecían tan pronto como las encontraba.
Mi primer instinto fue llamar a Gonzalo Ferrero, el mejor amigo de Max desde la universidad. Si alguien sabría dónde encontrarlo, sería él.
—¿Lorena? —su voz sonaba confundida cuando contestó—. ¿Estás bien? Son las seis de la mañana.
—Gonzalo, ¿has hablado con Max últimamente?
—