El despacho de Julián huele a papel y a la madera de los archivadores que lleva treinta años en el mismo sitio.
Son las diez y cinco de la mañana del jueves. Julián está detrás de su mesa con los lentes puestos y tres carpetas delante que reconozco: la del consorcio, la de Walker Holdings, y la de documentos personales de Camila Vega que él archiva desde que empezó el proceso judicial hace dos años.
—Camila.
—Julián. Gracias por recibirme hoy.
—Siempre.
Me siento en la silla de enfrente.
Julián