Isabella abrió la celda con manos temblorosas, la llave giró lentamente en la cerradura y el sonido metálico pareció retumbar en toda la prisión.
La puerta se abrió con un chirrido lúgubre.
Dentro, Dante alzó la mirada.
Sus ojos brillaban como brasas encendidas, fijos en ella, y una sonrisa torcida, llena de burla y triunfo, se dibujó en su rostro.
—¡Quítame los grilletes! —ordenó con un gruñido que más parecía un rugido contenido.
Isabella negó de inmediato, conteniendo la respiración, como si