Kaen corría a toda prisa, con el corazón desbocado y la furia atravesándole cada vena. El aire de la madrugada era frío, cortante, pero no le importaba; lo único que sentía era la urgencia de encontrar a sus hombres y enfrentarse, de una vez por todas, a ese maldito Dante. Sus pisadas retumbaban como tambores de guerra en la tierra húmeda, mientras sus pensamientos se mezclaban con la rabia y la desesperación.
No podía esperar más. No podía permitir que la oscuridad de Dante siguiera extendiéndo