El humo lo invadía todo.
Se había puesto de rodillas porque el aire era más limpio a nivel del suelo —lo había leído en alguna parte hacía años, y su cuerpo lo había recordado antes de que su cerebro se diera cuenta—. Se arrastraba por el suelo del estudio con un brazo sobre la boca y el teléfono en la otra mano, mientras el calor la oprimía desde arriba.
«Valentina». La voz de Emilio seguía ahí. «Háblame».
—Sigo aquí. —Tosió—. La puerta del estudio está… hay fuego en el pasillo. No veo cuánto.