A la tercera mañana, Rodrigo dejó de intentar contactarla por teléfono y fue en persona.Había estado enviando documentos al estudio toda la semana: papeleo que requería la firma de Valentina, cláusulas contractuales que necesitaban su revisión, un calendario que ella debía aprobar antes del final del día. Nada de eso había regresado. Su teléfono daba tono sin respuesta. Su asistente, una joven reservada llamada Sofía, simplemente se hizo a un lado esta vez y lo dejó entrar.Rodrigo entró en el estudio y se detuvo en seco.Cada superficie estaba cubierta. Papel de boceto prendido de pared a pared, superpuestos unos sobre otros en capas de tres y cuatro en algunos puntos. Muestras de tela colgaban de los percheros en combinaciones que él no sabría nombrar. La larga mesa de trabajo que había estado despejada hacía tres días estaba completamente sepultada: lápices, tiza, reglas, imágenes de referencia impresas, tazas de café en diversos estados de abandono.Valentina estaba al fondo de l
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