—¿Qué quieres, Alejandro?
—¿Dónde estás?
—Eso no es de tu incumbencia.
Hubo una pausa al otro lado.
—En realidad, sí lo es un poco. Tu marido se presentó en mi puerta buscándote.
Valentina no dijo nada por un momento. Se sentó en el borde de la cama del motel y miró el patrón de la alfombra, dejando que la información calara.
—¿Qué le dijiste? —preguntó.
—La verdad. Que no tenía ni idea de dónde estabas y que no había sabido nada de ti. —Otra pausa—. Lo cual era cierto en ese momento. Ahora e