El reloj acababa de marcar las doce en punto cuando Hayley, incapaz de encontrar refugio en el sueño, decidió abandonar la cama. Su mente era un torbellino de pensamientos que la mantenían despierta, y aunque había intentado relajarse de todas las formas posibles, el sueño seguía siendo un visitante esquivo. Con un suspiro resignado, se incorporó, dejando atrás las sábanas que ya no ofrecían consuelo, y se dirigió hacia la biblioteca. Aquel era su refugio secreto, un lugar donde solía perderse