Me desperté a la mañana siguiente con una emoción que nunca antes había sentido. Iba a volver a Estados Unidos, aunque solo fuera por unos días.
Caminé hacia el armario y abrí la puerta. La hilera de ropa colgaba ordenada: vestidos preciosos, blusas de seda, faldas elegantes, todo regalo de Luca.
Abrí el cajón de abajo. Allí guardaba algunas de mis ropas viejas que aún conservaba de México. Ropa cómoda, ropa que no me hacía parecer la esposa de un mafioso italiano.
Empecé a hacer la maleta. Uno