Pasé el resto del día deambulando por los pasillos de la mansión como un fantasma, hasta sentir que iba a perder la cordura.
Enzo venía a verme de vez en cuando, pero se sentía como un programa con horarios fijos.
Para cuando ya era bien entrada la tarde, el silencio se había vuelto sofocante. Lo había intentado todo.
Leer libros de la biblioteca de Giovanni (todos en italiano, por supuesto), reorganizar los muebles de mi habitación (inútil), incluso contar los cristales de la lámpara (doscient