La mansión estaba tan silenciosa que mis pasos resonaban sobre el mármol como disparos. Pero el leve aroma a café que subía desde abajo… eso era lo único que me impedía dar media vuelta y volver a meterme en la cama.
—Espero que este paseo termine con cafeína —dije, siguiéndolo—. Si no, podría empezar a gritar. Advertencia justa: grito muy fuerte.
Enzo me lanzó una mirada por encima del hombro, medio divertido.
—Relájate. La cocina es por aquí. Les dije que prepararan algo decente para ti.
—“Decente” suena sospechosamente a comida de prisión. Como engrudo. O carne misteriosa —repliqué.
Él sonrió de lado.
—¿Waffles y panqueques con salsa de caramelo y café te parecen comida de prisión?
Me detuve en seco.
—Espera… ¿hablas en serio? ¿No es una broma? ¿No estás a punto de llevarme a un tazón de avena triste?
—Completamente en serio.
Empujó la puerta de la cocina y el aroma dulce y mantecoso me golpeó como un abrazo cálido de la infancia. En la encimera nos esperaba un plato de waffles dor