El once de enero llegó. El día de mi cumpleaños, era un domingo caluroso, el primero sin mis padres ¿Celebrar qué? ¿Un año más de existencia cuando las personas que le daba sentido a la mía ya no estaban? Deseaba que el día pasara desapercibido, que se borrara del calendario.
Bajé a la cocina. Anderson había dejado una nota en la nevera:
Feliz cumpleaños, Anne. Salí por un mandado, regresó pronto. Te quiero — Andy.
El mensaje me produjo una punzada agridulce. Era dulce que él se hubiera esforzado, pero la idea de tener que actuar "feliz" me agotaba solo de pensarlo.
Ryan, que estaba terminando el desayuno que le preparó diana (bueno si huevos revueltos quemados se le podia llamar desayuno), el pequeño me dio con un abrazo apretado y torpe.
— ¡Feliz cumpleaños, Marianne! — me dijo con los ojos brillantes.
— Gracias, Ryan — Le devolví el abrazo, intentando forzar una sonrisa que no sentía.
Diana, que observaba desde un lado, se acercó con los hombros ligeramente caí