Ya estábamos todos a la mesa disfrutando de los espaguetis; después de todo, el almuerzo no había salido nada mal y la pasta estaba exquisita. Frente a mí, Jeremy charlaba animadamente con mis hermanos, ganándose la simpatía de Anderson y Diana. Mientras tanto, el pequeño Ryan se concentraba en su plato, ignorando al resto del mundo para no perderse ni un bocado.
—Le doy cuatro estrellas a tus espaguetis —comentó Andy, fingiendo la autoridad de un crítico gastronómico. Jeremy puso una mueca de desconcierto ante la calificación.
—¿Y tú, Diana? —preguntó él. Ella se sobresaltó un poco antes de responder.
—Un cuatro y medio... Es que no soy muy fanática de la pasta —admitió. Jeremy volvió a torcer el gesto, divertido y resignado, antes de dirigirse al más pequeño— Y tú, campeón, del uno al diez, ¿cuánto te gustan los espaguetis de hoy?
Ryan respondió sin despegar la vista del plato.
—Saben a diez —exclamó con entusiasmo y la cara manchada de salsa— ¡Hacía meses que no co