Tras jugar un rato con el pequeño Ryan, Anderson y yo nos pusimos manos a la obra en la cocina. Decidimos preparar espaguetis, ya que son mi plato favorito.
—Ni lo pienses —dijo Anderson, quitándome la cuchara de las manos— Tú eres la invitada de honor, así que siéntate y limítate a mirar el espectáculo.
—¿Espectáculo? ¿Acaso sabes cocinar o vamos a terminar pidiendo pizza? Deja que te ayude —respondí entre risas.
—Te sorprendería todo lo que he aprendido —replicó él, guiñándome un ojo.
—¿Un ojo? ¿Ahora también guiñas el ojo como si fueras un chef de televisión? —le solté, cruzándome de brazos pero sin poder evitar una sonrisa.
—Es parte del servicio —respondió él, mientras hacía girar una pinza de cocina en el aire con demasiada confianza— Tú solo relájate. Mi cocina es territorio sagrado hoy.
Me apoyé en la encimera, observando cómo se movía entre las ollas con una soltura que no le conocía.
—Está bien, "chef". Pero si esos espaguetis terminan pegados en el techo, yo no