Los días se pasaron volando, estabamos a tan solo una semana de Navidad. Desde que empecé a ver más seguido a Jeremy, ese 'tonto' que resultó ser mi ancla, sentía una ligereza que hacía mucho no experimentaba. Él había logrado sacar a flote la felicidad que había reprimido por tanto tiempo, oculta bajo el peso de mis preocupaciones.
Estaba en la cafetería, en medio del ajetreo habitual; el lugar estaba abarrotado de clientes. En ese instante, mi celular rompió el murmullo con un sonido insistente. Contesté de inmediato, y la voz al otro lado de la línea, desde el hospital, me golpeó como un puñetazo: mamá había sufrido otra recaída. El pánico me inundó. Dejé todo, salí corriendo del local sin pensarlo dos veces y me lancé en dirección al hospital.
Al llegar, apenas podía respirar mientras preguntaba por su habitación. Una enfermera de mirada amable me guio por los pasillos gélidos. Entré despacio y la vi, estaba en la cama, y el doctor se encontraba a su lado, hablándole en voz