Habían transcurrido tres agotadoras semanas desde que mamá cayó enferma. Como siempre, el trabajo me consumía, y aunque mi cuerpo solía ser un bastión contra el hambre y el cansancio, esta vez la resistencia se había roto. Me sentía pálida, la piel tensa sobre unas grandes y oscuras ojeras que enmarcaban mis ojos hundidos. La cabeza me daba vueltas, un mareo persistente que se intensificaba a cada paso. Con la bandeja de un cliente en mano, me dirigí a su mesa. Finalmente, mi cuerpo cedió: no pude sostener mi propio peso. Me desplomé, cayendo lenta e inevitablemente, no como un árbol de Navidad, sino como un viejo pilar que se derrumba. El frío impacto contra el suelo fue lo último que registré.
Desperté en una habitación de paredes inmaculadamente blancas y un olor peculiar a antiséptico y tristeza envasada. Estaba en un hospital. ¿Qué hacía aquí? Intenté incorporarme, pero el esfuerzo fue inútil; mi fuerza me había abandonado por completo. Estaba alarmantemente débil. ¡Esto no me