camine con la mayor rapidez que mis piernas me permitieron para distanciarme de aquel chico, mi mente hirviendo con un único pensamiento: ¿Pero qué se cree ese tonto?. Tan absorta estaba en mi indignación que apenas me di cuenta de cuándo llegué al estudio de música. El dueño, visiblemente sorprendido por mi puntualidad, me recibió. Me indicó que solo debía limpiar la sala de exhibición de instrumentos, pues las demás aulas estaban ocupadas. Asentí, respiré hondo y me dispuse a cumplir mi deber.
Eran las ocho y media de la noche y estaba dando los últimos toques a un reluciente expositor cuando una voz, molestamente familiar, interrumpió la quietud. Me giré, e inmediatamente, una mezcla de ardiente vergüenza y puro enojo, se dibujó en mi rostro al reconocer a la persona frente a mí.
—¡Hola! —Me saludó ese tal Jeremy con una sonrisa exasperantemente despreocupada.
—¿Qué haces aquí? ¿Me estás siguiendo? —Respondí con un tono helado, que cortaría el aire.
—¡No! —dijo él, alzando las