Las primeras luces del alba se filtraban entre las copas de los árboles, tiñendo la aldea con un tenue resplandor dorado. Sin embargo, la tensiĂłn se sentĂa más densa que nunca, como una niebla invisible que apretaba el pecho de cada habitante. Tras la competencia de las pastillas, muchos ojos se habĂan volcado sobre Eira, ya no con desconfianza... sino con un extraño tipo de expectaciĂłn. Algo en ella —en su conexiĂłn con la maldiciĂłn, con los sueños, con el lĂder caĂdo— habĂa despertado un rumor