El penthouse se había convertido en un templo de silencio. Los pasos de los guardias resonaban como tambores de guerra en los pasillos marmolados, y las miradas entre los hombres de Volkov transmitían un mensaje claro: algo estaba por suceder.
Valeria lo percibió desde que despertó. La tensión era palpable, como electricidad estática antes de una tormenta. Aleksandr había abandonado la cama antes del amanecer, y cuando ella bajó a desayunar, lo encontró en su despacho, con la mirada fija en una