El cristal de la ventana reflejaba el rostro de Valeria mientras observaba la ciudad desde el piso de seguridad que Aleksandr había dispuesto para ella. Tres semanas habían pasado desde que aceptó, a regañadientes, la protección del mafioso ruso. Tres semanas en las que su vida había cambiado por completo.
La mano de Valeria se posó instintivamente sobre su vientre. Aún no había señales visibles de su embarazo, pero sabía que ahí estaba, creciendo, ajeno a la tormenta que se desataba a su alrede