El silencio en la habitación era tan denso que Valeria podía escuchar su propio pulso martilleando en sus oídos. Aleksandr permanecía de pie junto a la ventana, su silueta recortada contra la luz del atardecer que se filtraba entre las cortinas. Había algo hipnótico en la manera en que sus dedos tamborileaban sobre el cristal, como si estuviera contando los segundos antes de una explosión.
—No puedes seguir evitándome —dijo él finalmente, sin voltear a mirarla—. Llevamos tres días bajo el mismo