El amanecer se filtraba por las cortinas cuando Valeria abrió los ojos. Tres semanas habían transcurrido desde que se había mudado al apartamento del piso veinte. Tres semanas de lujos, vigilancia constante y una libertad tan limitada que, por muy cómodo que fuera el lugar, seguía sintiéndose atrapada.
Se incorporó lentamente en la cama, acariciando su vientre apenas abultado. El bebé, ese pequeño ser que crecía dentro de ella, era lo único que la mantenía centrada en aquel lugar. Pero también e