El aroma de ella, esa vainilla persistente que ahora se mezclaba con el olor rancio de la plata y el hierro, lo embriagaba de una forma que no podía controlar. Sintió el impulso animal de enterrar el rostro en el hueco de su cuello, de lamer la marca que él mismo le impuso para reclamar su vida y su dolor como suyos.
La lucha entre su orgullo de Alfa y el instinto del lobo era una tortura que lo estaba moliendo por dentro.
Poco después, el sonido de motores anunció la llegada de los criados qu