Pacto de los renegados
El casco de madera de la embarcación se detuvo de golpe contra el lecho de piedras de la orilla con una sacudida que dispersó la bruma de la costa. Sia no se apartó del cuerpo de Valerius. Permaneció de rodillas, con las manos hundidas en la túnica empapada del Alfa, sintiendo la viscosidad de la sangre que continuaba fluyendo alrededor de la flecha de hierro. El agua salada le escocía en los ojos, pero su mirada se mantuvo fija en los tres hombres que saltaron desde la proa. Llevaban chaquetone