Sia levantó la cabeza de forma lenta. Sus ojos azules recorrieron las facciones del guerrero. El pánico en su rostro aumentó cuando notó que los ojos de Valerius, aunque recuperaron el color original, tenían un brillo violeta persistente en los bordes, una marca de la deidad que confirmaba la entrega de su alma. La intensidad de su mirada ya no era la de un hombre común; era la atención de alguien que procesaba capas de la realidad que ningún otro miembro de la manada podía percibir.
—Tus ojos.