La manilla de la puerta completó su giro con una lentitud insoportable, pero la madera no cedió ante la presencia exterior. Sia permaneció pegada a la pared, con el diario de Elara apretado contra el pecho, esperando una muerte que no llegó. Aquella noche, el ser que rascó las paredes se marchó ante la barrera invisible de la plata, dejando a Sia en un estado de alerta que consumió sus fuerzas.
Pasaron tres días desde que Valerius la dejó en ese agujero. Tres días de silencio solo interrumpido