Valerius bajó la espada con lentitud, con la respiración entrecortada y el rostro pálido bajo la luz parpadeante de la antorcha. Miró a Sia con una mezcla de asombro y reverencia que nunca antes había experimentado hacia ninguna criatura viviente. La arrogancia del Alfa Verdugo se transformó en ese instante en respeto puro, desprovisto de las jerarquías tradicionales que el palacio enseñaba a fuego y sangre. Aquella mujer de talla baja, la paria que él intentó esconder en la cabaña de los olvid